Soy el superviviente definitivo
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Bienvenidos, damas y caballeros. Esta es mi crónica, la épica historia del hombre que ha sobrevivido a la caída del mundo. A la devastación de la humanidad.
Me llamo Max Power, y soy el superviviente definitivo. Incluso mi nombre fue inspiración para un capítulo de cierta serie de animación archifamosa.
Todo comenzó hace unas semanas, noticias aisladas hasta que los medios enmudecieron, sin presentadores para dar el último parte ni cámaras que pudieran grabar. No obstante, yo sabía que esto sucedería. Llevaba años preparado, esperando el momento, anticipándome a él.
Quizás fuese un ataque químico, una gripe mortal, una guerra nuclear… daba igual. Yo estaba preparado para todo. He nacido para estarlo, joder. Durante años reuní todo lo que estaba a mi alcance, decidí convertirme en el hombre que superaría todas las adversidades hasta erigirse como El Superviviente. Así, con mayúsculas y negrita.
Invertí cada céntimo que ahorraba en la más alta tecnología en sistemas de seguridad, construir un refugio nuclear bajo mi casa, compré toda clase de herramientas que durasen años, las armas más mortíferas y eficientes, víveres imperecederos y toda clase de materiales que me aseguraran mi imposición al resto de los mortales. Me preparé para lo peor, para la soledad, el aislamiento. Sabía que tenía que ser autosuficiente, por lo que implanté en mi hogar todos los avances del mercado: placas solares y pequeños molinos eólicos, sistemas de recogida de agua y depuración, purificadores de aire, pintura de plomo en las paredes… Convertí mi casa en una minúscula ciudad autónoma, donde yo sería el rey.
Mi conexión con el exterior consistía en comunicaciones vía satélite, nada podría desconectarme pasase lo que pasase. Mi colección de armas era la envidia de cualquier aficionado o profesional: revólveres de todos los calibres, escopetas, rifles, ametralladoras e incluso un lanzacohetes RPG totalmente funcional. ¿Hablamos de munición? Una habitación de mi chalet se convirtió en un auténtico polvorín que ya quisiera tener cualquier república bananera. ¿Hablamos de combustible? En el garaje tenía tantos bidones cómo para alimentar durante un año la bocaza de mi Hummer. ¿Hablamos de comida? Toneladas de víveres en conserva para mantener a todo un regimiento durante una guerra. ¿Hablamos de preparación? Maestro en varias artes marciales, meses aislado en parajes inexplorados y decenas de matrículas de honor en cursos de supervivencia. Bear Grylls no valdría ni para untarme la Nocilla de merienda.
Y por supuesto, la imprescindible licencia de piloto de helicópteros. Una lástima que ese cabrón del concejal no me otorgase el permiso para el helipuerto en el jardín. No importa, lo construí de igual forma, ahora sólo me falta que me aburra lo suficiente como para ir en busca de uno.
Esa era mi predisposición, así que cuando el virus se propagó igual de rápido que sus hermanos informáticos, yo no me preocupé lo más mínimo. Mi hogar era Troya, pero no aceptaría ningún caballo. Mi hogar era Numancia, pero nadie osaría sitiarme. Había llegado mi momento, había llegado la Era de Max Power.
Cómo tenía previsto y calculado, la infección alcanzó mi ciudad y, a los pocos días, llegó hasta mi calle. La muerte llamó a mi puerta, pero yo le enseñé los dientes. Esos malditos monstruos se habían adueñado del mundo, pero no lo harían de la vida de Max Power.
Durante los primeros días, resistí sin ningún problema. El sólido muro, coronado con una verja de hierro forjado, rodeaba mi parcela y me otorgaba la seguridad de que ninguna de esas asquerosas bestias se internase en mis dominios. Y hay de él si alguien consiguiese entrar, pues todo el jardín estaba plagado de minas antipersonales que adquirí en Ebay. Ya sabéis, vendo boli Bic, más un regalo por doscientos euros. Un chollo. Por supuesto, el camino para atravesar el campo de minas sólo residía en mi portentosa memoria. Con sinceridad, sería todo un espectáculo que alguien intentase entrar, pues tomaría un vuelo directo al jardín de enfrente.
Los días pasaron y pasaron, mientras yo, gozoso y feliz, veía cómo un mundo inocente y despreocupado se venía abajo. Sólo las personas que hubiesen dedicado su vida a la supervivencia, como yo, habrían conseguido resistir. Y estoy bien seguro de que soy el único, al menos en este país de mierda donde la gente se preocupaba más del fútbol que de su supervivencia. Que aunque no nací aquí, entiendo a la perfección su absurda maquinaria social. Es el oficio de todo superviviente, observar y aprender del entorno que le rodea.
Como era de esperar, alguien como yo sólo puede ser un patrio ciudadano de los gloriosos Estados Unidos. Exboina verde, retirado de las fuerzas especiales cuando obtuve la experiencia que necesitaba, no tardé en descubrir que un país lleno de ineptos como éste sería perfecto para divertirme al venirse abajo. Mis compatriotas tienen armas, y muchos sobrevivirían, pero aquí soy el rey del Mambo. ¡Oh, yeah!
Y así, hasta hoy. Max Power relatando su fácil supervivencia en el holocausto. Yo solito, sin depender de ningún gobierno, ejército o fuerza policial. La soledad es la más dulce de las compañías.
Quizás por eso me llegué a sorprender cuando aquella furgoneta pasó a toda velocidad por mi calle. Se suponía que no había más que zombis por doquier ¿y ahora tenía nuevos vecinos? Un simple afortunado, una cucaracha que se ha escondido en un agujero hasta hoy. Sí, eso pensé; y claro está, acerté. Asomado a la ventana, vi que el vehículo no tardó en derrapar y estrellarse contra un poste de la luz.
Como buen héroe que soy, no podía negar el derecho a auxilio del pobre infeliz. Y aunque sabía que no podía hacer nada para salvar al desdichado, mi conciencia pura, inocente y protegida por Dios necesitaba comprobarlo. Rápidamente agarré mi equipo de supervivencia que estaba junto a la puerta, consistente en una buena mochila cargada de salvoconductos con los que resistir ahí fuera: víveres, armas, munición y demás herramientas útiles como martillo, clavos, alicates y destornilladores… y la joya de la corona, una sierra circular a batería. La carga pesaba unos treinta kilos, pero mi asombrosa musculatura podía con todos ellos sin rechistar. Me la eché a la espalda y até todas sus correas de seguridad, no quería perderla en mitad de una carrera necesaria. Y aunque mi viaje no era más que aquí al lado, cargué con ella pues cualquier imprevisto te puede alejar de tu refugio. Soy Max Power y, para mí, cosas así son evidentes. Se dice que hombre precavido vale por dos, pero en mi caso valgo por cuatro. Ya cambiaré el refranero cuando la cosa esté más tranquila.
Con la mochila preparada, mis armas colgando y preparadas para disparar, katana del clan Mukansa en mis manos y protegido por un chaleco kevlar, descorrí todos los cerrojos de mi puerta blindada y salté al jardín. Zigzagueé por el camino aprendido libre de minas y pronto estuve corriendo por la calle en dirección a la furgoneta accidentada. Como en el exterior no había apenas engendros, pues las noches de vigilia eran aderezadas con mi rifle de francotirador M40, me propuse divertirme con los pocos que pululaban por allí.
Me enfrenté cara a cara con la muerte delante del primer infectado. Moví ágilmente mi katana lanzando rápidos movimientos y virguerías, aunque sabía de sobra que no podría impresionar ni asustar a un monstruo descerebrado. Pero todo formaba parte de mi preparación mental y flujo de energía desde mi chií hasta la hoja templada de la katana. Lancé mi ataque y le atravesé pincho moruno, entrando la punta limpiamente en su pecho. Casi pude sentir cómo rasgué su corazón y una sonrisa satisfactoria afloró en mi cara. Iba a celebrar mi victoria con un sarcástico comentario, pero de pronto me vi sorprendido al ver que mi oponente no se inmutó. Es más, siguió avanzando a medida que se clavaba la espada aún más y me mordió en plena cara mientras lo contemplaba con estupor.
Ahora soy Max Power, el zombie definitivo.
Bueno. Quizás no. Tengo una mochila de treinta kilos agarrada a mi espalda que no me deja levantarme del suelo y conseguir carne fresca. Pero soy la polla igualmente.
Final alternativo # 1
Con la mochila preparada, mis armas colgando y preparadas para disparar, katana del clan Mukansa en mis manos y protegido por un chaleco kevlar, descorrí todos los cerrojos de mi puerta blindada y salté al jardín. Zigzagueé por el camino aprendido libre de minas y pronto estuve corriendo por la calle en dirección a la furgoneta accidentada.
Cuando llegué, tosiendo por la humareda del motor, sentí una inmensa luz cegadora y una fuerza sobrehumana me lanzó para atrás. Aterricé en el suelo con el cuerpo ardiendo de dolor y comprendí que el vehículo había estallado por la colisión. Estaba a punto de morir desangrado y con los órganos internos hechos papilla, pero no tendría tanta suerte. En menos de cinco minutos ese bebé zombie llegará gateando hasta mí…
Ahora soy Max Power, el zombie definitivo.
Bueno. Quizás no. Tengo una mochila de treinta kilos agarrada a mi espalda que no me deja arrastrarme por el suelo y conseguir carne fresca. Pero soy la polla igualmente.
Final alternativo #2
Con la mochila preparada, me acerqué hasta mi arma secreta. Nadie había podido ser un genio como yo para evitar a esos infectados. En mi garaje aguardaba el camuflaje definitivo contra esos seres bobos y tontos. En su día me agencié con una gran caja de cartón de frigorífico, forrándola con cuatro grandes espejos, uno en cada lateral. Una vez dentro podría andar sin problemas entre ellos sin que se dieran cuenta de lo que pasaba. Han demostrado tener un cerebro tonto y vacío, así que es el traje perfecto para salir a explorar y ver que ha sucedido. Abrí uno de los laterales, me ajusté las correas de fijación y cerré la “puerta” una vez listo. Tenía varios pestillos de seguridad y la caja era inquebrantable, con varios refuerzos interiores y escuadras.
Era un pequeño tanquespejo. ¡La hostia en vinagre, yeah!
Había dejado todas las puertas abiertas de mi casa y mi jardín, así que tenía fácil el camino. Una vez en la calle, me dirigí despacio hacia el accidente mientras cargaba con mi peculiar traje. Estaba ya muy cerca cuando sentí que me golpeaban por detrás, me desestabilicé y tropecé con el bordillo de la acera. Caí de bruces al suelo y empecé a sentir cómo algo jugueteaba con mis pies. Me quitaron una bota y las cosquillas duraron poco. Me comieron lentamente los pies mientras yo mantenía mi espíritu budista lejos del dolor. Quise abrir la portezuela y librarme de la mortal prisión, pero había caído sobre ella..
Ahora soy Max Power, el zombie definitivo.
Bueno. Quizás no. Tengo decenas de correas que me sujetan al tanquespejo y no puedo salir de él para conseguir carne fresca. Pero mi tanquespejo es la polla igualmente.
Final alternativo #3 (Dedicado a Athman)
Con la mochila preparada, mis armas colgando y preparadas para disparar, katana del clan Mukansa en mis manos y protegido por un chaleco kevlar, descorrí todos los cerrojos de mi puerta blindada y salté al jardín. Zigzagueé por el camino aprendido libre de minas y pronto estuve corriendo por la calle en dirección a la furgoneta accidentada. Como en el exterior no había apenas engendros, pues las noches de vigilia eran aderezadas con mi rifle de francotirador M40, me propuse divertirme con los pocos que pululaban por allí.
Decidí que no era buena idea enfrentarme con la espada, por lo que la envainé y descolgué mi escopeta, por supuesto, recargada. Con soberbia lentitud fui limpiando la calle hasta llegar al vehículo y socorrer al hombre que movía la mano asomada por la ventanilla. Agonizaba, y seguro estaba a punto de morir, así que con infinita bondad decidí ahorrarle un sufrimiento eterno. Apunté con tranquilidad y esbocé una sarcástica sonrisa
- Hasta la vista, baby
Pero justo antes de que apretara el gatillo, un extraño zumbido llamó mi atención y bajo mis pies una enorme sombra creció hasta que todo se volvió locura.
Ahora soy Max Power, el zombie definitivo.
Bueno. Quizás no. Pues tengo una tonelada de metal encima mía con una placa en la que se distingue “…eteosat” entre churrascos negruzcos, así que no puedo ir en busca de carne fresca. Pero da igual, soy la polla igualmente.
Final alternativo #4 (Por Álvaro)
Con la mochila preparada, mis armas colgando y preparadas para disparar, katana del clan Mukansa en mis manos y protegido por un chaleco kevlar, descorrí todos los cerrojos de mi puerta blindada y salté al jardín. Hice el recorrido libre de minas, pero… debo confesaros mi único defecto: soy disléxico.
Escuche un clic bajo mi pie derecho, ¿o es el izquierdo?. De cualquier forma, la cosa es que el camino libre de minas estaba a mi otra izquierda. Pero soy el superviviente definitivo y tengo la sangre como el puto hielo de los casquetes polares. Lo importante es no levantar el pie de apoyo que es el… ¿derecho? Recuerda lo que te decía tu madre para que te acordaras: “¿con qué mano come mi nene?… Con la izquierda”. Ya tienes identificado el pie, es el izquierdo. Ahora levanto el derecho y…
Ahora soy Max Power, el zombie definitivo.
Bueno. Quizás no. Me falta una pierna… ni puta idea de cuál es, si la izquierda o la derecha, he rebotado por todas las minas del jardín por lo que mi aspecto es lamentable y para más inri estoy encerrado en mi casa, sin carne fresca que comer. Pero soy la polla igualmente.
Final alternativo #5 (Dedicado a Álvaro)
Como buen héroe que soy, no pude negar el derecho a auxilio del pobre infeliz. Así que bajé al sótano donde tenía preso a mi vecino, un friki de los zombies que había guardado a buen recaudo por si debía salir.
Abrí la pesada puerta de la celda y el animalico me miró con ojos grandes y asustados. Sabía que no era la hora del pan y agua, ni tampoco día de ducha a manguerazo limpio.
-Venga, nos vamos de paseo, Al… Al… ¿Cómo diantres te llamabas?
-Alejandro
-Pues eso. Levanta que por fin serás útil y compensarás la merma que has hecho a mis provisiones.
Cogí su muñeca y la abracé con el metal de unas esposas, agarrando el otro extremo para tirar de él. Subimos de nuevo a la entrada y agarré mi equipo de supervivencia de emergencia, que consistía en una mochila cargada de víveres, armas, munición y demás herramientas útiles como martillo, clavos, alicates y destornilladores… y la joya de la corona, una sierra circular a batería. La carga pesaba unos treinta kilos, pero mi musculatura podría con ellos sin problemas. Me la eché a la espalda, y até todas sus correas de seguridad. No quería perderla en mitad de una necesaria carrera. Y por supuesto la llevé porque aunque el accidente fuese aquí al lado, sabia de buena tinta (ya que soy Max Power) que cualquier imprevisto te puede alejar de tu refugio, así que hombre precavido vale por dos. En mi caso cuatro, ya modificaré los libros de refranes. Por último cerré el otro extremo de las esposas a mi muñeca para evitar que por cualquier despiste mi friki se escapara. Aunque nunca me despisto, pero como dije antes, hombre precavido vale por seis. Y con el friki como carnaza, siete. O nueve, no sé, perdí la cuenta.
Con la mochila preparada, mis armas colgando y preparadas para disparar, katana del clan Mukansa en mis manos y protegido por un chaleco kevlar, descorrí todos los cerrojos de mi puerta blindada y saltamos al jardín. Zigzagueamos por el camino aprendido libre de minas y pronto estábamos corriendo por la calle en dirección a la furgoneta accidentada. Como en el exterior no había apenas engendros, pues las noches de vigilia eran aderezadas con mi rifle de francotirador M40, sólo nos incordiaban un par de monstruos.
-Dispara a…
Sin esperar ni un segundo, hice caso a mi friki y apreté el gatillo de la Uzi abrasándolos con mis balas. Sin embargo, pocos cayeron.
-¡Déjame terminar! -escuché cuando cambiaba de cargador- ¡Tienes que disparar a la cabeza!
Decidí hacer caso al friki experto en zombies y cambié de arma por el fusil de asalto. En pocos disparos ya estaba toda la calle limpia. Orgulloso, saqué un puro de la victoria de mi bolsillo y al agarrar el zippo vi un reflejo en su pulido metal.
Unos segundos después estaba en el suelo y con un líquido espeso y caliente chorreando por mi cogote. A mi lado, un grueso madero machado de sangre y mi friki soltándose las esposas.
-Primera regla: No te fíes de los supervivientes -me dijo el muy pretencioso.
Iba a incorporarme y darle una paliza, pero decidí mejor permanecer tumbado para pensar con más claridad su castigo. Me arrastró hasta una farola y allí me esposó por la espalda. Perfectamente pudiera haberlo evitado, pero me hacía gracia lo que hacía el flaco y larguirucho friki de los zombies. No es que estuviera aturdido, ni que el golpe me hubiera dejado sin fuerzas. Es más, Max Power nunca queda inconsciente, tan sólo se relaja para analizar la situación y todas sus posibles soluciones y consecuencias.
El tema es que mi friki corría para mi casa, colándose y sorteando de malas maneras las minas. Una perversa sonrisa se cruzó en mis mejillas, no haría falta que moviera un dedo para que tuviera su merecido. Justo cuando giró el picaporte, al no haber desactivado la trampa, un enorme tronco salió a su lado y se balanceó para golpearle y lanzarle despedido hacia el césped. Estaría aun pensando en cuantas costillas se había roto cuando activó una de mis minas.
Riendo a carcajada limpia le vi rebotar y volar por encima de la tapia para caer sobre la acera, ya inerte. Había volado como un muñeco de trapo y las lágrimas de risa caían por mis mejillas.
-Animalico. Segunda regla, Max Power siempre gana.
Comencé entonces a intentar sacar alguna herramienta de mi mochila para cortar la cadena. Estaba a punto de coger mis magníficos alicates de wolframio cuando advertí que el cadáver del friki comenzaba a moverse. A pesar de no ser más que medio torso, unos maltrechos brazos y una chamuscada cabeza, aun podía arrastrase por el suelo. Hacia mi dirección. Sin prisa seguí intentando agarrar los alicates pero por alguna extraña razón me alcanzó. Quise coger la pistola y acertarle de alguna manera, pero el muy desgraciado ya me estaba desparramando los intestinos por los adoquines de la acera.
Ahora soy Max Power, el zombie definitivo.
Bueno. Quizás no. Tengo las manos esposadas a una farola que no me permite buscar carne fresca.
Nueve meses después
Hoy por fin mis muñecas se han podrido lo suficiente para que se rompieran y quedara libre, aunque debido al peso de mi mochila me he estrellado de bruces contra el asfalto y no puedo moverme.
Pero no importa, soy la polla igualmente.
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